Ogeia



 Yolanda se marchó temprano, no sé para qué requerían su presencia a las 7 de la mañana en la oficina un sábado, y cuando me dijo adiós desde el umbral de la puerta del dormitorio, me despedí de ella con un gesto de desconfianza. No estaba seguro, nunca me había dado motivos por los que pensar que me estaba engañando, pero ahora la idea de la infidelidad me rondaba la cabeza.

Desde hacía un par de días lucía yo unos granitos por todo el cuerpo, rojos, pequeñitos y que picaban como el tabasco; seré merluzo, pensé, he sido presa de un virus venéreo ¡y no he caído hasta esta mañana! Después de bañarme en penicilina y demás ungüentos sanadores, lo vi todo claro. Como dicen los alcohólicos, tuve un momento de lucidez: no me mataron 20 pies en Pipeline, tampoco en Mavericks, en Todos Santos triunfé y de Vietnam llegué sano y salvo, tal vez un poco perturbado, pero cuando tomo la medicación soy pacífico; así que de esta infección virulenta saldré vencedor, no había duda.                          

 Con esta reconfortante idea salí pisando fuerte de mi casa, trastos de surfing bajo el brazo, decidido a practicar un poco de surfing en un pico invernal que estaba funcionando: OGEIA.

Tras una hora de pintoresca carretera rural llegué al sitio prometido y para mi gozo espiritual encontré unas bellas ondas oscilantes que se acercaban siseando hasta la costa, peinadas por el viento. En el agua inmaculada no yacía nadie flotando, por lo que la patata me alcanzó un ajetreo arrítmico, como si mi cuerpo flotase a ritmo de Mozart y mi corazón al son de Sepultura.

EQUIPO: chapines de los gruesos, los míos son perfectos, me recuerdan a unas botas de esquiar que tuve. El caso es que las rocas que cubren el fondo de Ogeia están plagadas de equinodermos, que aunque pacíficos, no admiten ser pisados ni por descuido. Conozco a varios individuos que a modo de bodega conservan en la planta del pie un sinfín de metralla.                                                                                          

 


 

Después de calzarme las botas de siete leguas y encaminarme por el sendero que conduce al pico, descubrí un curioso fenómeno: los pinos que pueblan los bosques de este idílico lugar están plagados de unas bolsas blancas que penden de las ramas. Estas sedosas guaridas albergan unas orugas pequeñitas que llamaron mi atención por el simple motio que las hace llamativas: bajan de los árboles y se conducen a través de los matojos del suelo una detrás de otra, con un ritmo constante y un orden matemático, una procesión que nada tiene que envidiar a las de Semana Santa.

Tres horas estuve en el agua, entré en marea baja, que es cuando esto rompe fuerte, y salí en media marea. Olas medianas, huecas, perfectas. Sol, calor dentro y fuera y sobre todo un lugar sin par. Allí estaba yo, deshecho de cansancio y con las glándulas segregando opiáceos al 200%, rodeado de montañas, vegetación, pino americano y su terrible plaga. Fueron cuatro baños consecutivos en una semana, cuatro terribles baños y toda una semana de picores intermitentes que me ponían a la altura del perro pulgoso.

A Yolanda no le dije nada, preferí esperar a ver cómo sucedían los días; bueno, para ser justo diré que no hablé con ella acerca de lo que yo pensaba, de su aventura y esas cosas, porque llegaba a casa fundido después de esos baños agotadores, casi ni podía llevarme la comida a la boca y eso que gozo de una buena forma física. Pues menos mal que así fue. Varias semanas después y con una empanada gallega de espanto, estaba viendo un documental por la televisión que hablaba de insectos, sí, esos seres espeluznantes que abundan en nuestras peores pesadillas. Y allí estaba. La oruga que había visto en procesión en Ogeia era el plato fuerte del reportaje. Esa condenada era la causante de un montón de alergias diferentes y a cual de ella más terrible. Ya tenía la respuesta a la pregunta, en unos días podría dormir sin pedazos de mi piel bajo las uñas, de mi aspecto a parecer un leproso había un paso.

 




   * Este texto fue publicado en la revista 3Sesenta, número 85.